Trabaja para vivir y no vivas para trabajar

Especialistas recomiendan elaborar un presupuesto familiar que permita sincronizar los gastos con los ingresos mensuales.
Que el trabajo ocupe el 100% de su vida puede perjudicar su salud y hasta algún buen proyecto empresarial que tenga en mente.
El director de la carrera de Administración de la UPC, Paúl Lira, aconseja “trabajar para vivir y no vivir para trabajar”. Destaca que es importante generar ingresos sin descuidar las relaciones sociales.
Sugiere que en el presupuesto mensual se incluyan los gastos extras (diversión y esparcimiento).
Por otro lado, el especialista en finanzas personales Juan Carlos Ocampo precisa que una persona que desea crecer profesionalmente no debe invertir todas las horas de sus días en las labores.
“Para distraerse no se necesita mucho dinero. Puede darse una vuelta al parque, ir a exposiciones gratuitas o quizás, si vive cerca de la playa, podría caminar por el malecón por las noches para relajarse”, indica.
Sugiere que, cuando asista a reuniones familiares, no hable de temas vinculados a su trabajo. De lo contrario, su mente siempre estará en su escritorio.
Otro buen consejo es no pactar reuniones de trabajo antes o después de las jornadas laborales.
DECISIONES
Los emprendedores que piensan que trabajar muchas horas es sinónimo de éxito deberían saber que más del 50% de las empresas no sobrevive al segundo año de funcionamiento.
La razón, explica Ocampo, es que no elaboran un estudio de mercado y lo único que hacen es dedicar horas extras.
“Si una persona tiene un trabajo fijo y, a la vez, decide poner un negocio, pasados unos meses tendrá que elegir entre uno de los dos. Su concentración no le permitirá hacer dos cosas al mismo tiempo”, asegura el experto.

 Fuente: Fabiana Sánchez - Diario Perú21

Lee el artículo completoComentarios { 0 }

La muerte de la conversación

Acabo de leer en internet que a la entrada de algunos restaurantes europeos les decomisan a los clientes sus teléfonos celulares. Según la nota, se trata de una corriente de personas que busca recobrar el placer de comer, beber y conversar sin que los ring tones interrumpan, ni los comensales den vueltas como gatos entre las mesas mientras hablan a gritos. La noticia me produjo envidia de la buena. Personalmente, ya no recuerdo lo que es sostener una conversación de corrido, larga y profunda, bebiendo café o chocolate, sin que mi interlocutor me deje con la palabra en la boca, porque suena su celular/móvil.
En ocasiones es peor. Hace poco estaba en una reunión de trabajo que simplemente se disolvió porque tres de las cinco personas que estábamos en la mesa empezaron a atender sus llamadas urgentes por celular. Era un caos indescriptible de conversaciones al mismo tiempo.
Gracias al celular/móvil, la conversación se está convirtiendo en un esbozo telegráfico que no llega a ningún lado. El teléfono se ha convertido en un verdadero intruso. Cada vez es peor. Antes, la gente solía buscar un rincón para hablar. Ahora se ha perdido el pudor. Todo el mundo grita por su móvil, desde el lugar mismo en que se encuentra.
La batalla, por ejemplo, contra los conductores que manejan con una mano, mientras la otra, además de sus ojos y su cerebro se concentran en contestar el celular, parece perdida. Aunque la gente piensa que puede hablar o escribir al tiempo que se conduce, hay que estar en un accidente causado por un adicto al teléfono para darse cuenta de que no es así.
No niego las virtudes de la comunicación por celular. La velocidad, el don de la ubicuidad que produce y por supuesto, la integración que ha propiciado para muchos sectores antes al margen de la telefonía. Pero me preocupa que mientras más nos comunicamos en la distancia, menos nos hablamos cuando estamos cerca.
Me impresiona la dependencia que tenemos del teléfono. Preferimos perder la cédula profesional que el móvil, pues con frecuencia, la tarjeta si funciona más que nuestra propia memoria. El celular/móvil más que un instrumento, parece una extensión del cuerpo, y casi nadie puede resistir la sensación de abandono y soledad cuando pasan las horas y este no suena. Por eso quizá algunos nunca lo apagan. ¡Ni en cine! He visto a más de uno contestar en voz baja para decir: “Estoy en cine, ahora te llamo”.
Es algo que por más que intento, no puedo entender. También puedo percibir la sensación de desamparo que se produce en muchas personas cuando las azafatas dicen en el avión que está a punto de despegar que es hora de apagar los celulares. También he sido testigo de la inquietud que se desata cuando suena uno de los timbres más populares y todos en acto reflejo nos llevamos la mano al bolsillo o la cartera, buscando el propio aparato.
Pero de todos, los Blackberry merecen capítulo aparte. Enajenados y autistas. Así he visto a muchos de mis colegas, absortos en el chat de este nuevo invento. La escena suele repetirse.
El Blackberry en el escritorio. Un pitido que anuncia la llegada de un mensaje, y el personaje que tengo en frente se lanza sobre el teléfono. Casi nunca pueden abstenerse de contestar de inmediato. Lo veo teclear un rato, masajear la bolita, y sonreír; luego mirarme y decir: “¿En qué íbamos?”. Pero ya la conversación se ha ido al traste. No conozco a nadie que tenga Blackberry y no sea adicto a éste.
Alguien me decía que antes, en las mañanas al levantarse, su primer instinto era tomarse un buen café. Ahora su primer acto cotidiano es tomar su aparato y responder al instante todos sus mensajes. Es la tiranía de lo instantáneo, de lo simultáneo, de lo disperso, de la sobredosis de información y de la conexión con un mundo virtual que terminará acabando con el otrora delicioso placer de conversar con el otro, frente a frente.
Ahí queda esto…por si nos invita a reflexionar…

Autor desconocido

Lee el artículo completoComentarios { 1 }

La pequeña granja y la vaca

Existen ciertas historias que circulan por Internet de una manera casi obsesiva. A mí mismo ya me han enviado varias veces cosas que he escrito aquí. Un interesante intercambio se ha establecido entre los lectores y la columna, lo cual solo enriquece mi trabajo.
La siguiente historia merece ser contada: Un filósofo paseaba por un bosque con su discípulo, conversando sobre la importancia de los encuentros inesperados. Según el maestro, todo lo que está delante nuestro nos ofrece una oportunidad de aprender  o enseñar.
En este momento cruzaban el portal de una granja que, aunque muy bien situada en un hermoso paraje, tenía una apariencia miserable.
-Vea este lugar-comentó el discípulo-. Usted tenía razón: acabo de aprender que mucha gente está en el paraíso pero no se da cuenta, y continúa viviendo en condiciones miserables.
-Yo dije aprender y enseñar-retrucó el maestro.
-No basta constatar lo que sucede: es preciso verificar las causas, pues solo entendemos el mundo cuando entendemos las causas.
Llamaron a la puerta y fueron recibidos por los moradores: un matrimonio y tres hijos, con las ropas sucias y rotas.
-Están en medio de este bosque y no hay ningún comercio en los alrededores-dijo el maestro al padre de familia- ¿Cómo sobreviven aquí?
Y el hombre, calmadamente respondió:
-Amigo mío, tenemos una vaquita que nos da varios litros de leche todos los días. Una parte de este producto la vendemos o la cambiamos en la ciudad vecina por otro tipo de alimentos; con la otra parte producimos queso, cuajada y mantequilla para nuestro consumo.
El filósofo agradeció la información, contempló el lugar durante unos instantes y se marchó. En mitad del camino, dijo al discípulo:
-Busca esa vaca, llévala hasta ese precipicio que tenemos enfrente y tírala abajo.
-¡Pero si es el único medio de sustento que tiene esta familia¡
Sin otra alternativa, el muchacho hizo lo que le habían ordenado y la vaca murió en la caída. La escena quedó grabada en su memoria. Pasado muchos años, cuando ya era un exitoso empresario, decidió volver al mismo lugar, confesar todo a la familia, pedirles perdón y ayudarlos financieramente. Grande fue su sorpresa al ver el lugar transformado en una bella finca, con árboles floridos, auto en el porche y algunos niños jugando en el jardín. Se desesperó al pensar que aquella humilde familia había tenido que vender la propiedad para sobrevivir. Apresuró el paso y fue recibido  por un casero muy simpático.
¿A dónde fue la familia que vivía aquí hace unos diez años?-preguntó.
-Continúan siendo los dueños-fue la respuesta.
Entró corriendo  en la casa y el propietario lo reconoció, le preguntó cómo estaba el filósofo, pero el joven estaba ansioso por saber cómo había logrado situarse tan bien en la vida:
-Bien, nosotros teníamos una vaca, pero se cayó al precipicio y murió –dijo el hombre-. Para mantener a mi familia tuve que plantar verduras y legumbres. Las plantas tardaban en crecer, así que comencé  a cortar madera para su venta. Al hacer esto tuve que replantar los árboles y comprar semillas. Al comprarlas, me acordé de las ropas de mis hijos y pensé que tal vez podía cultivar algodón. Pasé un año difícil, pero cuando la cosecha llegó, ya estaba exportando legumbres, algodón y hierbas aromáticas. Nunca me había dado cuenta de mi potencial. ¿Fue una suerte que aquella vaca muriera¡

Fuente: Paulo Coelho –www.paulocoelhoblog.com

Lee el artículo completoComentarios { 0 }

¿Qué dicen nuestros clientes? Ricardo Escobal -Omnia Solution SAC

Querido Manuel,
Para ser mejor en la vida no basta con reconocer nuestras debilidades, sino trabajar en ellas. Gracias a la oportunidad de hacer Coaching con Transformaccion logré reconocer algunos puntos de mejora y  sobre todo aprendí a conocerme como soy y a trabajar en aquellas cosas que me harán ser mejor persona. No soy la misma persona que entró al proceso de Coaching, ahora soy una persona con más herramientas para lograr mis objetivos personales y profesionales.
Gracias Transformaccion, gracias Manuel. 

Ricardo Escobal Mc Evoy
Gerente de Infraestructura Tecnológica
Omnia Solution SAC

Lee el artículo completoComentarios { 0 }

Cerebro y felicidad

Cómo convertir a tu cerebro en un aliado
‘El 92% de las preocupaciones que tenemos cada día nunca sucederán’

  • ‘Las personas somos más felices cuando tomamos nuestras decisiones’
  • ‘Con un cuarto de segundo que te des, te puedes cuestionar lo que haces’
  • ‘El verbo en condicional genera postergación y victimismo’

Una persona tiene 70.000 pensamientos al día. Entre tanta variedad, ¿cómo es posible que tomemos decisiones y que, además, sean acertadas?
 Fernando Botella conferenciante, ‘coach’ y biólogo especializado en el funcionamiento del cerebro, lo explica en su libro ‘¡Atrévete!’, prologado por el entrenador de tenis Toni Nadal y en el que defiende que ser feliz es una opción personal.
Botella, quien también participa en el libro coral recién publicado sobre neurociencia ‘Tu cerebro lo es todo’, asegura que aprender a elegir de un modo consciente es la clave para vivir en positivo.
¿Cómo convencer al cerebro de que la vida está para ser vivida y no pensada?
Lo primero está relacionado con disfrutar la vida. Biológicamente hablando nos han enseñado a que estemos atentos o preocupados porque todo lo que ocurre fuera nos puede dañar. En mi opinión y en el de la neurociencia, vivimos muy preocupados. Hay la Universidad de Harvard que constata que el 92% de las preocupaciones que tenemos cada día nunca sucederán y el responsable es nuestro propio cerebro que, a través de la amígdala, nos hace estar pendientes de donde nos pueden hacer daño. Eso hace que pensemos más la vida y no la disfrutemos y por eso el ser humano está pendiente de lo que no está haciendo.
Usted cuenta que una persona tiene 70.000 pensamientos al día. ¿Cómo quedarse con los positivos? 
Con la elección consciente, que conforma la capacidad de autodeterminación. Las personas somos más felices cuando podemos tomar nuestras propias decisiones y las llevamos a cabo. Que yo tenga la capacidad de pararme hará que lo mismo realice una acción diferente. Un ejemplo: una empresa de calzados manda a dos representantes a vender a África y cada uno de ellos manda un telegrama con una respuesta diferente. El primero de los vendedores dice que allí es imposible vender zapatos porque los africanos van descalzos. El segundo que la empresa se va a forrar porque no llevan zapatos y hay un gran mercado. En cada momento de nuestra vida hay un instante de oportunidad para alterar la realidad percibida, para cambiarla.
¿Cómo alterar esa realidad?
El pensamiento interpretativo es lo que hace que estemos eligiendo. Víctor Frankl, en ‘El hombre en busca de sentido’, dice que la última libertad del ser humano es la elección de la actitud, que para mí es la predisposición mental con la que nos enfrentamos a la realidad. En la medida en la que puedas modificar estos filtros también tenemos la posibilidad de tener múltiples pensamientos sobre una realidad. Para mí ése es el concepto de elección. El cerebro tiene que ahorrar energía, tiene que garantizar la supervivencia. Por ejemplo, si yo te pido que pienses rápido en una flor… ¿Ha sido una margarita?
Pues sí, ha sido una margarita
Es lo primero que aprendimos, a dibujar una margarita y tendemos a simplificar. El mensaje que hay detrás es que el cerebro va así por la vida, repitiéndose. (más…)

Lee el artículo completoComentarios { 0 }