En Bután no se puede fumar. Y no solo en restaurantes o lugares públicos, sino en todo el reino; la venta de tabaco es ilegal por decreto real. Así es que si algunos fumadores están buscando la felicidad absténganse de visitar ese país.
Sin embargo, en el reino de Bután, la marihuana crece libre en las cunetas, aunque recientemente parece que han tenido problemas de tráfico y cultivo. Pero tradicionalmente se le daba usos más exóticos. Como recuerda un anciano del lugar, en los internados, los niños untaban con cannabis el suelo para que los chinches lo comieran, anduvieran más lentas y despistadas, y así resultara más fácil cazarlas. Simple sentido común.
Hace 37 años, en ese aislado lugar del Himalaya, su carismático rey, Jigme Singye Wangchuck, dijo en su discurso de coronación: “La felicidad interior bruta es mucho más importante que el producto interior bruto”. Tenía 18 años y se convirtió, tras la repentina muerte de su padre, en el monarca más joven del mundo (luego lo sucedería Jigme Khesar Namgyal, el actual monarca, que ha instituido la democracia). Pero no se trató de un mero eslogan. Desde entonces, la filosofía de la felicidad interior bruta (FIB) ha guiado el modelo de desarrollo de Bután. La idea, obviamente, es que el modo de medir el progreso (y la felicidad) no debe basarse estrictamente en el dinero, sino en el bienestar y la salud de las personas, y en el desarrollo cultural y espiritual de las mismas, entre otras cosas.
Claro, el reino suena como Shangri-La, y quizás no lo sea, pero, al menos, es interesante que la felicidad sea vista como un fenómeno social y colectivo, y no como algo que se pueda buscar individualmente. Quizás por eso, en este lado del planeta estamos tan lejos de esa sabiduría, porque el infortunio ajeno les tiene a muchos sin cuidado, y no se puede ser feliz a costa del dolor de los demás.
Por otro lado, la felicidad (que está sobrevalorada) no ‘vende’, para comprobarlo sola basta con ver los noticieros. Y cuando tenemos momentos felices, hacemos todo lo posible para sabotearlos, ya que, salvo algunos evolucionados, los humanos tenemos cierta atracción por el sufrimiento, que nos produce un morboso placer, aunque parezca inaudito y contradictorio. No encontramos nada mejor para llamar la atención que decir: “Mira cuánto sufro”.
La felicidad no tiene ráting. Y me pregunto qué es lo que nos lleva a perseguir esa utopía. Probablemente, es un acto de fe, parecido al de creer en alguna divinidad sin tener pruebas fehacientes de su existencia.
Mientras tanto, cuando tenga un momento de felicidad, no lo deje ir. Quien sabe, si los atesora, al final de sus días podrá decir que tuvo una vida feliz.
Fuente: Columna ‘Hable con ella’- Marcela Robles- Diario El Comercio
