Decía el cirujano francés René Leriche (1879-1955) que la salud es el silencio de los órganos. Suscribiendo tan contundente definición -que ya han citado otros escritores, como el filósofo alemán Hans Georg Gadamer, contemporáneo de Heidegger- el reconocido cirujano español Cristóbal Pera acaba de publicar “El cuerpo silencioso” (Ensayos mínimos para la salud)”. El apellido del célebre médico-escritor parece confirmar que los designios del cuerpo no están limitados a la famosa metáfora de la manzana de Adán y Eva, sino que la fruta podría haber sido otra. 
El brillante médico ya ha publicado anteriormente “El cuerpo herido”, un diccionario filosófico de la cirugía (Acantilado, 2003) y “Pensar desde el cuerpo” (Triacastela, 2006). En esta última entrega, pródiga en inteligencia y humanismo, el autor aborda diversos asuntos relacionados con el dolor, el envejecimiento, la soledad, el sexo, pasando por la cirugía estética: temas que nos interesan a todos.
Parte de la tesis sería que quizás tantos siglos de filosofía han terminado por sedimentar en nosotros la idea de que hay que buscar lo universal en lo más abstracto, en lo más espiritual, en lo incorpóreo, cuando precisamente aquello que con toda seguridad compartimos no es la racionalidad sino la materialidad de nuestro cuerpo.
Los cuerpos a los que se acerca el doctor Cristóbal Pera no son cuerpos indiferentes, sino vulnerables y finitos; no constituyen solamente fuente de placer, sino como bien sabemos también de sufrimiento. La idea del galeno es sustituir la cultura de la enfermedad, tan arraigada en una sociedad extremadamente medicalizada, por una cultura de la salud.
Para Gadamer, por ejemplo, la medicina es un arte, pero un arte que “no produce obras de arte”. Sin embargo, en este “vacío sin obra” radica su valor hermeneútico más preciso. Estos vínculos entre estética y medicina nos pueden parecer jalados de los pelos, pero tienen larguísima data. Gadamer diría al respecto que la vida como totalidad y equilibrio, como salud, es una obra de arte silenciosa. Para Leriche, “La salud es la vida en el silencio de los órganos, el estado de salud es la inconsciencia del sujeto con respecto a su cuerpo. A la inversa, la conciencia del cuerpo se produce en el sentimiento de los límites, de las amenazas, de los obstáculos para la salud”.
En la actualidad, todo esto parece contradictorio, ya que mediáticamente estamos invadidos por espacios dedicados a la salud, pero esta no llama la atención por sí misma: uno no tiene una conciencia permanente de salud, ni nos preocupa tanto como la enfermedad. La salud, hablando a profundidad, no constituye algo que nos invite a un continuo autotratamiento, ni que lo reclame: simplemente formaría parte de ese milagro que puede ser el olvido de uno mismo. Y es al salir de “nuestra caverna” que realmente vivimos. Mientras que la cultura de la enfermedad nos devuelve permanentemente al mismo lugar.
Escuchemos, entonces, porque el silencio también tiene palabra. Después de todo “el cuerpo es el lugar que nos jugamos la vida”.
Fuente: Columna “Hable con ella” de Marcela Robles – Diario El Comercio.
