2010, mal que bien.

No nos ha ido tan mal este año que está acabando. No tan mal, digo,  porque tampoco se puede decir que nos ha ido tan bien, como diría Cantinflas. Es decir que nos hubiera podido ir peor, aunque también nos hubiera podido ir mejor. Y, como siempre, a los que peor les ha ido ha sido a los que menos tienen. Los índices de pobreza –entre los oficiales y los otros que son peores- siguen mostrando que las venas continúan abiertas, que las heridas no restañan, que la ley del mundo sigue su férreo dictamen; que la compasión y la solidaridad, que abren un poquito el tupido cielo, no son suficientes. Me refiero a aquello que comentaba el viejo Lao Tse, “La ley del mundo es darle más al que más tiene, pero la ley del cielo es darle más al que menos tiene…”

Tal vez cuando tomemos conciencia de que no estamos solos y que nosotros podríamos ser los otros, por fin hagamos al otro lo que quisiéramos que nos hagan a nosotros. Quizás entonces los que tiene responsabilidades macroeconómicas, descenderían de sus frías estadísticas y las contrastarían con esos índices candentes, febriles, y ayudarían a moderar su temperatura. Entonces, tal vez, todos esos roedores agazapados en la res pública decidirían abstenerse de aquellas picardías criollas que devastan sus graneros y quiebran su credibilidad.

Esos son mis augurios para el próximo año que, como es de elecciones, nos depara harta ventilación coprálica, golpes bajos y demás. Pero también actitudes gallardas y desinteresadas, como creo que ha sido el comentario de Mario Vargas Llosa sobre lo catastrófico que sería el ascenso de Keiko Fujimori en lo relacionado con los logros democráticos alcanzados después de que el Estado peruano descabezó (aunque no desmanteló) la red mafiosa fujimontesinista.

Dicho sea de paso, sería bueno que se le demande a la candidata declarar si tiene doble o triple nacionalidad, para que, de ser así, se le requiera renunciar a las otras, considerando el patético antecedente de su padre y su falta de deslinde.

En la cultura, la creación del nuevo ministerio es una buena señal, pero el tiempo pasa y aún no circula una propuesta de política cultural democráticamente contrastable antes de que se firme, entre gallos y media noche, como suele suceder. Me temo que ni eso, que –si no se ponen las pilas- se acabe el tiempo y solo nos dejen los escuálidos logros del burocrático INC, una RTP de palacio y el eco efímero de algunos festejos.

Fuente: Voz Crónica de Eduardo Lores, Diario El Comercio.

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